
El cuerpo será semejante al cuerpo de Cristo resucitado: sin pesantez y sin impenetrabilidad. Ya en esta vida, la ascesis conduce gradualmente al estado de pre-resurrección. San Pablo habla del arte de verse el rostro descubierto, y el juicio es la visión total del hombre entero. San Isaac habla asimismo del juicio por el amor que todo lo abrasa. “Los pecadores no están privados del amor divino”, pero su lejanía de la fuente, su pobreza, el vacío de su corazón que es incapaz de responder al amor de Dios, les acarrean acerbos sufrimientos puesto que, tras la revelación de Dios, será imposible no amar ya a Cristo.
El evangelio emplea la imagen de la separación de las ovejas y los carneros. No existen santos perfectos, como tampoco existen pecadores en quienes no haya por lo menos algunas parcelas buenas, y este hecho, según el padre Sergei Bulgakov, nos permite conjeturar una interiorización de la noción de juicio: ya no sería una separación entre los hombres, sino en el interior de todo hombre. Así pues, las palabras sobre la destrucción, el aniquilamiento, la segunda muerte no se referirían a los seres humanos, sino a sus elementos demoníacos. Tal sería el sentido del fuego: antes purificación y curación que castigo. La amputación no es la desaparición del hombre, sino el sufrimiento de su disminución. En justicia, todos los hombres deben ir al infierno, pero también en todos ellos hay parcelas de paraíso y de infierno. La espada divina penetra en las profundidades humanas y en ellas opera una separación: así se evidencia que lo dado por Dios como don no fue recibido y actualizado. Este vacío constituye la esencia del sufrimiento infernal: el amor no realizado, la trágica no-conformidad entre la imagen y la semejanza. La complejidad de la mezcla del bien y del mal durante la vida terrestre hace inoperante toda noción jurídica, y eso nos sitúa ante al mayor misterio de la sabiduría divina. ¿Es eterno el infierno? En primer lugar, la eternidad no es la medida del tiempo y, sobre todo, no es el infinito malo, la ausencia de fin. La eternidad es el tiempo divino, es una determinación cualitativa, y así podemos decir que son distintas las eternidades del paraíso y del infierno. Es imposible concebir la eternidad como forma vacía, independiente de su contenido. Si, en el tiempo actual, panta rei, todo fluye, todo pasa, en el siglo futuro, por el contrario, la vida continuará en el sentido del crecimiento: nada pasará para desaparecer, ya que todo será enteramente positivo, digno de permanecer eternamente.
La concepción corriente de los sufrimientos eternos no es más que una opinión escolar, una teología simplista (de naturaleza penitencial), que echa en olvido la profundidad de unos textos como Juan 3, 17 y 12, 47. ¿Acaso es imaginable que, junto a la eternidad del reino, Dios prepare la eternidad del infierno, la cual, en cierto sentido, sería un fracaso del plan divino, una victoria incluso parcial del mal? San Pablo en 1 Cor 15, 55 parece afirmar lo contrario. Si san Agustín reprobaba a los “misericordes”, es porque se alzaba contra el libertinismo y el sentimentalismo. Por otra parte, el argumento pedagógico del miedo, no sólo es inoperante en la actualidad, sino que incluso puede emparejar el cristianismo con el Islam. El temblor ante las cosas santas salva al mundo de su insulsez, pero el amor perfecto ahuyenta todo temor (1 Jn 4, 18).
Podríamos decir que el infierno no existe en la eternidad, ni siquiera en el tiempo como medida, sino en su interioridad subjetiva sin fondo y fantomática. El quinto concilio ecuménico no examinó la cuestión de la duración de los sufrimientos infernales. El emperador Justiniano (que, en este caso, parecía uno de los “justos” de la historia de Jonás, a quienes decepcionó que el castigo no alcanzara a los culpables), propuso su doctrina personal al patriarca Mino en el año 543. El patriarca elaboró unas tesis contra el neo-origenismo y el papa Vigilio las confirmó. Más tarde fueron erróneamente atribuidas al quinto concilio ecuménico. Pero esta doctrina no es más que una opinión personal, y la doctrina opuesta -de los Padres Capadocios (San Gregorio Niseno, San Gregorio Nacianceno…)- nunca ha sido condenada.
Al final, Satanás se verá privado del mundo, objeto de su concupiscencia, y, al mismo tiempo, se verá limitado a su propio ser; pero éste no es ilimitado. El satanismo puro se agota cuando el sujeto se halla carente de objeto. Por el contrario, el corazón de la Iglesia -el corazón de la Teotokos- no tiene límites. San Isaac habla del corazón ardiente de amor hasta por los reptiles, incluso por los demonios. La expiación se extiende a todo el plan de la creación divina. La segunda muerte se refiere a los principios del mal, que se han desarrollado en el espacio y el tiempo: a su término, se angostan y desaparecen para siempre. Si la libertad ha permitido una deterioración pasajera, el balance final está entre las manos de Dios.
Pavel Evdokimov
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